Mar. Jun 21st, 2022


A esto se suma la preocupación de que Rusia vuelva a cortar el flujo de gas a Ucrania, cuando el país se prepara para vivir un fuerte invierno.

“Sería horrible que los ucranianos tengan que afrontar el frío sin gas para calentar sus casas”, señaló el presidente de Ucrania, Volidimir Zelenski.

Hace casi 16 años, el 1 de enero de 2006, Rusia cortó el suministro de gas a Ucrania, que a su vez era transportado prácticamente a toda Europa por tuberías.

Días después el gas fue restaurado, bajo presión internacional y un nuevo acuerdo de precios. Pero, desde entonces, la amenaza de cortes y reducciones ha sido una constante.

Tanto Ucrania como Europa dependen del gas ruso y Moscú ha sabido jugar la carta de la amenaza para mantener las potencias europeas a raya.

Amenazas

El gobernante ruso dice que el despliegue militar está dirigido a contrarrestar la posibilidad de que Ucrania forme parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que ya cuenta con tres antiguas repúblicas soviéticas (Estonia, Letonia y Lituania), así como viejos socios del felizmente desaparecido bloque soviético.

De hecho, el presidente de Ucrania acaba de visitar la sede de la OTAN en Bruselas, lo que ha enfurecido aún más a Putin, que aumentó el flujo de tropas rusas a la frontera.

En respuesta, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, declaró que está dispuesto a dialogar con Rusia pero que «no habrá ningún compromiso en relación con el derecho de Ucrania de ser miembro de la OTAN ni respecto al derecho de la OTAN a defender a sus aliados”.

Después matizó: “No es una amenaza en ningún caso contra Rusia, sino que es Rusia la que ejerce como elemento desestabilizador respecto a Ucrania concentrando tropas y vehículos en la frontera de manera injustificada. Es Rusia la que debe cambiar de rumbo”.

Que Rusia, con su espíritu imperial que data de siglos, crea que tiene derecho a ocupar la península de Crimea e invadir Ucrania porque el 17% de la población es rusa no es cuestión que convence en estos tiempos.

Para nadie es secreto que Moscú mira a las antiguas repúblicas soviéticas como territorios que debe supervisar e incluso intervenir, salvo que sus gobiernos acepten colaborar con el Kremlin, como pudieran ser los casos de Bielorrusia, Azerbaiyán, Uzbekistán y Turkmenistán.

Tampoco es secreto que Rusia mira con recelo la incorporación de más estados vecinos a la OTAN, que todos sabemos fue creado en 1949 para enfrentar el poderío militar soviético, que fue heredado por la nueva Rusia y Putin.

“No percibo amenaza inminente, o de que Putin haya decidido invadir”, opinó el analista Paul Kirby de BBC, en Londres.

Pero aún así, es mejor prevenir, sin tener que acudir a las armas.

En efecto, el portavoz del Kremlin instó a todos a mantener la «calma», y el vicecanciller ruso Sergei Ryabkov advirtió que las tensiones podrían conducir a una situación similar a la crisis de los cohetes en Cuba de 1962, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al borde del conflicto nuclear.

Entretanto

Tanto la Unión Europea como Estados Unidos hablan de una línea roja y clara: la invasión de Ucrania conllevaría unas sanciones de una dureza extrema y sin precedentes contra Moscú.

El mensaje de la última cumbre europea del año, que reunió a los líderes de los 27 miembros en Bruselas, es un aviso directo al gobernante ruso, Vladímir Putin: “Cualquier nueva agresión militar contra Ucrania tendrá enormes consecuencias”, plantea el texto.

El objetivo último, en caso de que Moscú diera el paso fatal, sería aislar a Rusia económicamente y desengancharla de facto del resto del mundo.

Bruselas aún confía en que Putin se avenga a negociar una desescalada de la tensión. Pero como ha afirmado el alto representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell, “esperamos lo mejor, pero nos preparamos para lo peor”.





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