Mié. Jun 22nd, 2022


Las personas que se dedican a la reventa de alimentos, como Maritza, cuentan con una red de empleados y policías corruptos que les informan sobre los productos que van a vender. Gracias al dinero que les dan, pueden adquirir mayor cantidad de artículos. “Esto es Cuba. El baro (dinero) lo mueve todo. Desde comprar un turno entre los primeros, a pagarle al policía que cuida las colas para poder sacar más cosas. Es una cadena. Con dinero por delante todos viran la cara para otro lado”, asegura Maritza.

Las ventas en moneda nacional están reguladas en todo el país. “Si compras pollo, te escanean el carné de identidad y solo puedes comprar cinco kilogramos. Si hay aceite, dos botellas por persona. Supuestamente, después de escaneado tu carné, no puedes comprar hasta la próxima semana. Pero eso es un cuento. Tu mojas con dinero al policía y al dependiente y puedes adquirir hasta treinta libras de pollo. Así pasa con todo, sean chucherías [golosinas] o cervezas. Después en un sitio de ventas en WhatsApp anuncio lo que he adquirido y mis clientes me caen como moscas en un dulce. Comprar en pesos es más rentable. Se gana más dinero».

Pero el problema, explica Maritza, es que esas tiendas están desabastecidas. «Las de divisas suelen estar mejor surtidas, pero con el alza de precios en MLC, euro y dólar, te ves obligada a subir el precio de lo que compras y las ganancias disminuyen. Se ha llegado a un tope de precios prohibitivos que ya muy pocas personas pueden pagar. Por ejemplo, un queso gouda que cuesta 25 dólares, 600 pesos al cambio oficial, para ganarle dinero tengo que venderlo en 3.000 pesos, pues tienes que sacar tu inversión, que incluye las coimas al policía, el dependiente y a un taxista para llevar las compras a mi casa. Y muy pocos en Cuba pueden pagar el queso a ese precio”.

Los coleros

Los coleros, como se les conoce en la Isla a las personas que compran y luego revenden, en su mayoría son mujeres de raza negra o mestiza que viven en el umbral de la pobreza extrema. Carlos, sociólogo, comenta que “las crisis económicas y el desabastecimiento generan negocios de supervivencia. Para esas personas, las reventas de productos les permiten sobrevivir en las duras condiciones actuales. Los más boyantes pueden darse el lujo de viajar al extranjero y comprar ropa, medicamentos, artículos de aseo y teléfonos móviles y su margen de ganancia es superior. El gobierno quiere satanizar y culpar de los altos precios y la escasez a los revendedores. Pero la gente no es tonta. El culpable del desabastecimiento es el modelo económico y político que impide se liberen las fuerzas productivas”.

Los precios en Cuba suben por semana. Yasnay, enfermera de un policlínico, mueve la cabeza de un lado a otro y confiesa: “Ya los cubanos no aguantamos más. Ayer fui al agro y una piña que hace siete días costaba 50 pesos, ahora vale 60. Los precios suben de diez pesos en diez. El kilogramo de leche en polvo anda por 1.000 pesos. Y un par de chancletas [sandalias] de baja calidad te puede costar 1.500 o 2.000 pesos. No sé dónde a vamos a parar con esta locura de los precios”.

Los que pueden

Hay un segmento poblacional que puede sortear la feroz crisis económica. En un elegante restaurante privado en el Vedado, Johan y sus amigos encargaron un pavo asado mientras bebieron con calma una cerveza tras otra. El pavo les costó 6.200 pesos y pudieron comer hasta cinco personas. Cada cerveza 180 pesos. La cuenta superó los 15.000pesos, unos 210 dólares. «¿Recibes remesas o tienes un negocio exitoso?, le pregunto a Johan. Sonríe y dice: “Me dedico al negocio del transporte. Tengo un camión y dos automóviles que alquilo. Gano la suficiente para una vez al mes tomarme una cerveza y pedir comida gourmet”.

En los bares de la zona, la botella de ron más barata no baja de 1.200 pesos. Yunier, dueño de un restaurante privado, argumenta que “si la crisis económica y la pandemia se extienden, me veré obligado a cerrar el bisne. El dinero que estoy ganando se me evapora en pagar la electricidad, comprar insumos y pagarles a los inspectores corruptos. Si antes iba cuatro veces al año a un hotel en Varadero, ahora solo puedo ir una vez. Aunque la gente no lo crea, la crisis económica afecta a todos. Pero los más jodidos son los de abajo. A quienes nunca afecta la crisis es a los de arriba. El mejor negocio ahora mismo es largarse de Cuba”, asegura.

Maydelis, una cubana casada con un italiano señala que “además de la crisis económica y la inflación, que es brutal, lo peor es que la oferta de servicios no viene acompañado de un mínimo de calidad. Fui con la familia a un hotel todo incluido en Cayo Coco -provincia Ciego de Ávila a 500 kilómetros al este de La Habana- y la mala atención fue alarmante. Las habitaciones eran un asco al igual que la comida. Te venden a precio de oro un supuesto hotel cinco estrellas que es lo más parecido a una escuela en el campo. Había que hacer cola para desayunar y comer. A ese paso, Cuba se quedará sin turismo, los viajeros optarán por Bahamas, Punta Cana o Cancún. Esta gente (el régimen) ni siquiera saben administrar los negocios que les dan divisas”.

Para la mayoría de los cubanos 2022 será un año igual o peor que el recién concluido. René, cree que la única fórmula “para poder voltear la crisis económica, el desabastecimiento y la inflación es que los gobernantes se vayan. Pa’ Rusia, China o Venezuela. Mientras sigan en el trono, Cuba jamás va a levantar cabeza. El modelo no funciona”. Alejandro Gil, ministro de economía, piensa lo contrario. Y vende optimismo. Ha dicho que la economía puede crecer este año un 4%.

Olvida que en los últimos tres años el PIB ha decrecido un 16%. Su fórmula para que disminuya la inflación y bajen los precios no es importar alimentos ni productos. Es aumentar la producción interna, algo que no ha funcionado en 63 años de dictadura. Según Gil, las MIPYMES (medianas y pequeñas empresas) privadas se encadenarán con las empresas estatales, a Cuba viajarán dos millones y medio de turistas y si las cosas se tuercen o los cálculos se malogran, la culpa habrá que echárselas a lo que llaman ‘bloqueo’ yanqui. Como siempre.





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