Vie. Jun 24th, 2022


A finales de 2015, decenas de médicos y enfermeros cubanos que habían escapado de misiones médicas en Venezuela llegaron a Miami gracias al parole que les ofrecía el gobierno de EE.UU.

Eran odontólogos, enfermeras, oftalmólogos y médicos generales que hasta entonces se ganaban la vida vendiendo arepas, moviendo ladrillos, cuidando niños y descargando bultos de cebolla en las plazas de mercado de Bogotá. En 2015 se pusieron su bata y salieron a la plaza del barrio Banderas, a gritar consignas y pedirle ayuda al gobierno colombiano para llegar a EE.UU. La noticia de su protesta la cubrieron algunos medios locales, pero nadie les ayudó. Ni el gobierno de Colombia ni el de EE.UU.

En la redacción de el Nuevo Herald, Enrique Flor vio las protestas y comenzó a buscarlos. Los contactó y los organizó, viajó a Colombia, los entrevistó, hizo la denuncia, la elevó hasta el despacho de varios congresistas y ayudó a conseguirles el permiso de viaje. Yo lo acompañé en el proceso: primero desde el otro extremo de la redacción, luego viajando a Colombia a entrevistar a los médicos y, finalmente recibiéndolos en el aeropuerto. “Hay que traerlos, Juan Camilo. De verdad la están pasando muy mal”, me decía Kike cuando escribíamos las historias de los cubanos varados en Colombia.

Noviembre de 2015 fue uno de los meses más satisfactorios de mi carrera como periodista en Miami: Firmar las notas de primera plana y que mi nombre apareciera junto al de Enrique, uno de los periodistas más respetados de Miami, no tenía comparación.

No sé si muchos puedan decir algo similar, pero sí sé que, en algún momento, todos marchamos al ritmo que Kike nos marcó: Los reporteros de televisión hacían sus notas con lo que Kike publicaba. En la noche, Kike se ponía corbata y visitaba los programas de opinión de Mira, Mega y América Tevé, y en la mañana, a regañadientes, salía al aire en Actualidad Radio, Caracol y La Poderosa. Odiaba la corbata y odiaba madrugar. Pero cumplía todas las citas con gusto, porque sabía que nadie más escribía de esos temas.

Enrique puso en el mapa de las salas de redacción, en inglés y en español, a la segunda ciudad más importante del condado: Hialeah. Sus peleas con el exalcalde Carlos Hernández eran legendarias. “No me deja entrar a la alcaldía. No me contesta los correos. No me manda los requests”, me decía, entre risas. Pero no le importaba. Siempre se conseguía los documentos, y los publicaba. Varias veces me leyó los primeros párrafos de sus notas antes de imprimirlas. “Se van a morir, huevón. Me van a odiar”, me decía, con una sonrisa gigante y marcado acento limeño.

Al día siguiente de publicar esas historias, todos los periodistas de Miami estaban corriendo para entrevistar a los mismos protagonistas, leer los mismos documentos y contar la misma historia que Kike ya nos había contado en el periódico. Kike se reía. Me decía que hay muchos periodistas mediocres, y que al poder no se le tiene que tener miedo. “Deja de ser tan cobarde. Deja de tenerle miedo a (Carlos) Hernández”, le decía a la reportera Erika Carrillo.

El final de los médicos cubanos lo escribí solo. Varias veces los recibí en el aeropuerto de Miami y me preguntaban por Kike, el periodista que los había acompañado desde el principio. Pero él estaba trabajando en otra historia. Se había juntado con Brenda Medina y Erika para escribir la que sería una de las series más influyentes de la última década en el periodismo en Miami: Condos de Pesadilla, la historia de cómo varias familias del Sur de Florida eran víctimas de asociaciones de condominios que, con prácticas delincuenciales, se robaban las elecciones y se feriaban contratos entre sus familiares y amigos. La serie terminó en varios arrestos y la implementación de una nueva ley estatal, que sigue vigente. Pero Kike se perdió la firma de la ley: Poco antes había sufrido un derrame cerebral, que lo dejó parcialmente paralizado.

La recuperación fue lenta, pero poco a poco recuperó la movilidad. Con los meses regresó a la redacción, en silla de ruedas, y volvió a escribir. Una de sus primeras historias fue sobre Hialeah, y cómo la ciudad, que supuestamente buscaba reducir los impuestos, le compró un Jaguar al alcalde. “Me tienen que odiar, huevón. Y eso que el alcalde Hernández me visitó en el hospital”, me dijo almorzando meses después.

La recuperación de Kike fue difícil. La terapia parecía infinita. Tuvo recaídas, más derrames y al final perdió la batalla.

Muchos colegas están tristes porque Kike falleció. Yo estoy triste porque no veo en muchos el compromiso que él tenía, y porque sus enseñanzas no se han puesto en práctica. De Kike me quedo con su imagen, almorzando después de algún cubrimiento, comiendo ceviche en un restaurante que le encantaba de la Calle 8 y hablando de la selección peruana de fútbol, con el optimismo que tenía para muy pocas cosas en su trabajo como reportero: “Te lo juro, Juan Camilo. Ahora sí vamos al mundial. La selección está mejor que nunca”.





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